
Soy fanático de las azafatas. Siempre, desde mi tierna y dulce niñez, me parecía que ser aeromoza era un trabajo súper glamoroso. Mi fanatismo me llevo a cruzar limites insospechados como por ejemplo sentar a la muñecas de mi hermana en la escalera del patio, ponerme un pañuelo en el cuello y hacerme el azafato (ya desde chico era bien puto) o sentarme a mirar el cielo para ver los aviones pasar e imaginar que estarían haciendo las musas inspiradoras de mis extraños juegos infantiles. Debo acotar también que sacrifique tardes jugando a la mancha en la vereda por ver en la tele alguna película sobre catástrofes aéreas tipo Aeropuerto 77 (en esa época no tenia cable y en el video club de la vuelta de casa la única película relacionada con aviones era Confesiones de una azafata sueca) y recién ahí cuando terminaba salía a jugar con amigos, no sin dejar de pensar e n esas jóvenes y bellas mujeres recorriendo un tubo de acero a 10.000 mts de altura ofreciendo pollo o pescado, paradas en el medio del pasillo dando las instrucciones de seguridad cual Eleonora Casano bailando el Lago de los cisnes en el teatro Colon o (según lo que yo imaginaba de pequeño) corriendo de una punta a la otra del avión a los gritos por que se estrellaba el aparato, aterrizando el avión con la ayuda de la torre de control o casándose con el piloto que, generalmente, estaba mas bueno que comer con las manos.
Todo este embelesamiento duro hasta los 15 años, que fue la primera vez en mi vida que pise un aeropuerto. Estaba más emocionado por estar cerca de las chicas voladoras que por la llegada de mi tía de España.
Y ahí fue cuando la vida me dio la primera cachetada.
Las chicas lindas no estaban por ningún lado. Las que bajaban del avión divinas con cara de feliz cumpleaños se habían convertido en las típicas asistentes a las reuniones de algún centro de jubilados. La sonrisa al ver que un niño se les acercaba para contemplarlas caminar con su valija con ruedas se convirtió en ver a un grupo de mujeres con cara de culo, arrastrando sus valijas como si fueran un ataúd mirando mal al primero que se les cruce en su camino, los chongos divinos que partían la tierra con su uniforme y gorra de capitán se habían vuelto una especie de versión culta de un chofer de la línea 160 y los hermosos uniformes de pollera, camisa, saco y pañuelo al tono eran simplemente unos trapos harapientos manchados después que en alguna turbulencia algún pasajero les vomitara encima.
La vuelta a casa en caravana familiar buscando la forma de bajar de la autopista para llegar sanos y salvos desde Ezeiza logro que inconcientemente me olvide de esa horrible visión que tuve en el aeropuerto. Pero hoy, casi 15 años después, sigo pensando que ser azafata es uno de los mejores laburos mas glamorosos que existen, y si algún día muero y me toca reencarnar en algo, quiero volver a la tierra usando pollera por la rodilla y un pañuelo de seda atado con gracia al cuello o despuntando del bolsillo del blazer, quiero que me vean caminar por el hall de Ezeiza y piensen: Pucha, mira esa una chica linda y simpática que sirve la comida y el café en el avión…¨
Quiero reencarnar en alguien a que le pasen cosas divertidas en el avión, como a la hora de hacer la demostración de seguridad (que nadie le da pelota) tirar de la mascara de oxigeno y se me quede en la mano o que se me caiga se botella de agua entera arriba de un gallego y que la gente no pare de reírse.
No se si este es un post interesante y si alguien puede sacar alguna conclusión sensata. Lo único que creo que si queda en claro es que soy fanático de las azafatas.